Chupar el ser

To fall in love, tomber amoureux, decía Derrida: caer en una topografía precisa, acceder por desprendimiento o por desplome hasta un estrato particular del ser, del cuerpo, de la ciudad, del planeta, de la evolución, de la especie. Es allí donde sucede la conversión de escalas: amor del ser, amor carnal, amor urbano, amor terrestre, amor geológico, amor animal, amor inter-especies. No hay que pensar aquí en un rictus heideggeriano, de ninguna manera. Estoy hablando de una arquitectura. No de una revelación o de un desvelamiento del ser a través de una iluminación precisa, ni de la puesta de la realidad bajo la claridad de un foco. No estoy hablando de eso. Estoy hablando de una percepción táctil que sucede en lo oscuro, de tocar el fondo forzosamente con el vientre, arrastrándose sobre una masa viscosa. No hay iluminación sino oscuro palpamiento.  Estoy hablando de descubrir la superficie de una interioridad con la piel. Se trata de un retorno a la vida ciberreptiliana, al mismo tiempo una regresión y una forma de paladear a lametazos la verdad eléctricamente viscosa del ser. Todavía no a bocanadas, porque todavía no estamos en el estado en el que el ser nos es dado en forma etérea. No nos queda más remedio que chupar el ser.

Beatriz Preciado, Testo yonqui, 2008.

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