Diario del ladrón (1949) – Jean Genet

Stilitano era alto y fuerte. Caminaba con paso a un tiempo flexible y pesado, rápido y lento, ondulante. Era ágil. Gran parte de su ascendencia sobre mí -y sobre las furcias del Barrio Chino- residía en el escupitajo que Stilitano pasaba de un carrillo a otro, y que estiraba a veces, delante de la boca como un velo.  «Pero, ¿de dónde saca ese escupitajo, me decía yo, de dónde lo sube, tan espeso y blanco? Los míos jamás alcanzarán ni la untuosidad ni el color del suyo, se quedarán en hilillos de vidrio, transparentes y frágiles.» Es, pues, natural que me imagine lo que será su verga si se la unta, en mi obsequio, con tan bella materia, con esa valiosa tela de araña, tejido, que, en secreto, llamaba yo el velo del paladar. (…)

He mordido a Lucien hasta hacerle sangre. Esperaba hacerlo aullar; su insensibilidad me ha vencido; pero sé que llegaría a despedazar la carne de mi amigo hasta perderme en una carnicería irreparable en la que conservaría la razón, en la que conocería la exaltación de la degradación. (…) Si se acuesta junto a mí, enreda suavemente a las mías sus piernas, más confundidas aún por la tela finísima de nuestros pijamas, luego busca con mucho esmero el sitio en que recostar su mejilla. En tanto no duerma, sentiré, contra la muy sensible pared de mi cuello, el estremecimiento de su párpado y sus pestañas rizadas. Si siente algún picor en la nariz, su pereza, su indolencia, no le permiten levantar la mano, y para rascarse se frota la nariz contra mi barba, dańdome así unos delicados cabezazos, como un choto mamando de su madre. Su vulnerabilidad es entonces total. (…)

Suavemente, el gran negro se echará sobre mi espalda. El negro, más inmenso que la noche me cubrirá. Sobre mí, todos los músculos tendrán, sin embargo, conciencia de ser los afluentes de una virilidad que converge en este punto tan duro, tan violentamente cargado, con el cuerpo entero estremecido por este bien y este interés de sí mismo que no existen más que para mi dicha. Estaremos inmóviles; ahondará más. Una especie de sueño derribará al negro sobre mis hombros, mientras su noche, en la que poco a poco me diluiré, me aplasta. Con la boca abierta, lo sabré entumecido, retenido en este eje tenebroso por su pivote de acero. Me sentiré ligero. Ya no tendré ninguna responsabilidad. Abarcaré el mundo con la mirada clara prestada por el águila a Ganimedes.

(Trad.  M.T. Gallego e I. Reverte)

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